Este es un blog destinado a recopilar notas y artículos referidos al Nacionalismo Asturiano, su pasado, su presente y su futuro. Asturies como País. Asturies como nacionalidad histórica.
En 1910, Ortega había presentado en la Sociedad el Sitio de Bilbao «la pedagogía social como programa político». Sostenía, frente a Unamuno, que «España es el problema, y Europa, la solución». Dos años más tarde, Melquíades Álvarez fundó el Partido Reformista en el que militó el propio filósofo. En 1913, como un apéndice del partido melquiadista, se creó la Liga para la Educación Política, en la que participaron, además del pensador, Azaña y Pérez de Ayala. En 1914, según la acertada expresión de Julián Marías, Ortega «se dio de alta en la vida pública». Es el año en el que pronuncia en el madrileño teatro de la Comedia la famosa Conferencia «Vieja y nueva política» y también publica su primer libro, «Meditaciones del Quijote».
Pues bien, su visita a Asturias tiene lugar aquel mismo verano y estuvo muy ligada a su voluntad de sumar adeptos a la Liga para la Educación Política. Conoce a Fernando Vela, que, por entonces colaboraba en el diario «El Noroeste» de Gijón. Este encuentro es decisivo para ambos. Como se sabe, Vela llegaría a ser el primer secretario de la empresa cultural más importante del filósofo: «La Revista de Occidente».
Este primer viaje suscitó también su ensayo sobre nuestra tierra, que se publicó primero en la «Revista España», nacida, en palabras del filósofo, de aquel matrimonio tan español conformado por el enojo y la esperanza, y, más adelante, en el Tomo III de «El Espectador», así como en el libro «Notas». Prestemos atención a este fragmento: «Lo primero que mirando hacia Asturias vemos los castellanos es que no vemos. …. Pues bien; la primera mirada incauta que desde Pajares dirigimos al otro lado es siempre un fracaso visual. Apenas abandona la córnea se encuentra enredada en una sustancia algodonosa donde pierde su ruta cien veces: es la niebla, la niebla perdurable que sube a bocanadas, como un aliento hondo del valle. Al través de ella, cayendo y levantando, azorada y temblorosa, logra la mirada castellana rehacerse, y sola, en medio de la niebla, recoge sus bríos y da una postrera arrancada rectilínea. ¡Paf! A la mitad de su carrera choca definitivamente con algo imperforable: es la vertiente frontera del valle, la loma de la collada vecina, la frente del cerro que corona el ámbito. La pobre mirada cae rodando y malherida».
La niebla que nos oculta. Las lomas de unas montañas a las que se agarran las pequeñas aldeas, como los niños a sus madres. Asturias no se deja ver al modo castellano. Hace falta educar la mirada para ir descubriendo los secretos de esta tierra: «Todo está a la mano, todo está cerca de todo, en fraterna proximidad y como en paz; junto a la pupila de la vaca se abre el lucero de la tarde. ¡Oh, admirable unidad del valle, pequeño mundo completo y unánime, que se reconcentra para escuchar una carreta lejana, los ejes de cuyas ruedas cantan por los caminos!… Y el valle entero se estremece. Cada uno de estos valles es toda Asturias, y Asturias es la suma de todos esos valles».
Pupila de la vaca, lucero de la tarde, carros del país que ponen en marcha una legendaria música de fondo. Y, sobre todo, una tierra que es la suma de todos sus valles, en los que cada uno de ellos viene a ser la misma Asturias en pequeño. Y el hórreo: «Aquí, allá, caseríos con los muros color sangre de toro y la galería pintada de añil; al lado, el hórreo, menudo templo, tosco, arcaico, de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el Dios que asegura las cosechas». También el paisanaje: «Esta capacidad que la tierra asturiana posee de mantener al hombre en la campiña ha influido hondamente en el alma del pueblo que la habita. El florecimiento económico va erigiendo urbes deliciosas sobre todo el haz del Principado: hay en él ciudades viejas y próceres -como Oviedo y Gijón- que prolongan una brillante tradición de cultura refinada. Y, sin embargo, yo encuentro, más o menos oculto, en todos los asturianos, un fondo rural que perdura. Bajo los modales de la ciudad continúan latiendo corazones labriegos».
El fondo rural que perdura en cada asturiano, incluso en aquellos que habían abandonado su tierra en busca de fortuna para regresar a ella al final de sus días. Ortega lo ejemplifica con el personaje que protagoniza «Boroña», el relato de Clarín.
El 10 de abril 1932 pronuncia una Conferencia en Oviedo, en el teatro Campoamor. Es el Ortega que tiene importantes desacuerdos con las reformas del bienio azañista, sobre todo en materia autonómica, habla (miren ustedes por dónde) del regionalismo asturiano: «El asturiano va derecho a las cosas. Sois un pueblo de mente clara y lúcida, pero no creáis por esto que vengo a halagaros… Todo lo contrario. Vengo a exigiros»… «Asturias piensa bien. Pero padece desde hace muchos años un grave defecto… Asturias es inteligente, pero no es transitiva… Vive recluida en sí misma, absorta en su localismo… Eso es lo que yo considero un defecto»… «España necesita también de vuestro regionalismo… Porque tengo enorme fe en ese regionalismo asturiano… El regionalismo que hay que oponer a aquellos otros sin claridad, lastrados de arcaísmos nacionalistas. Será vuestro regionalismo, no del pasado, sino futurista… Por lo tanto, nada de trajes tradicionales, nada de folklore, nada de bable, nada de gaitas, sino una Asturias posible y mejor: una Asturias como programa del porvenir».
Hay quien quiso ver en estas palabras su rechazo a la llingua asturiana y a las tradiciones de esta tierra. Acaso fuese más preciso interpretar que se trata de lo que son los afanes del momento, porque, en contra de semejante tesis, se encuentra la propuesta que haría Ortega en los años 40 a favor de un término nuestro: «atopadizo». Habla de este vocablo asturiano en dos obras suyas, en «El hombre y la gente», así como en su libro inconcluso «La idea de principio en Leibniz»: «En suma, el Mundo como resistencia, a mí me revela el mundo como asistencia. Si fuese sólo ubmeimlich, desazonador, infamiliar, me hubiera ya ido, y el sentimiento de infamiliaridad o desazón, no existiría si no existiese su opuesto: lo atopadizo y sazonado». En atopadizo, abre una nota a pie de página: «Este vocablo asturiano es el único que traduce exactamente el heimilich, el gemülich alemán y el cosy inglés».
Un Ortega que contradice a los que tanta animadversión sienten hacia el asturiano desde un supuesto universalismo. Un Ortega que viajaría a Asturias por última vez en el verano 1955, pocos meses antes de su muerte, que tuvo lugar el 18 de octubre de aquel mismo año. Un Ortega que vino a Asturias a hacer pedagogía política y que, de paso, nos dejó toda una poética de nuestra tierra.