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Este es un blog destinado a recopilar notas y artículos referidos al Nacionalismo Asturiano, su pasado, su presente y su futuro. Asturies como País. Asturies como nacionalidad histórica.

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A propósito de Ortega y Asturias

 

Autor: Luis Arias Argüelles-Meres

 

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Celebro -y mucho- que, a resultas de las polémicas surgidas en torno a la nueva financiación autonómica y del llamado problema territorial, se haya considerado pertinente debatir una vez más lo que Ortega dijo de nosotros en su discurso del Campoamor en 1932.

Verano del 14

Pero, antes de nada, debemos recordar la trascendencia de su visita a Asturias en el verano del 14. Se trata no sólo del año en que el maestro, al decir de su discípulo Marías, se da de alta en la vida pública con su famoso discurso ‘Vieja y nueva política’, pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, y también con su primer libro ‘Meditaciones del Quijote’. Además de todo eso, hablamos del año que da nombre a su generación.

De aquella visita se derivó la plasmación en ‘El Espectador’, de toda una poética de Asturias. Y hay un acontecimiento no menos importante en la trayectoria de Ortega, como consecuencia de esa estancia entre nosotros: conoce a Fernando Vela, que, andando el tiempo, se convertiría en el secretario de la ‘Revista de Occidente’ en la mejor época de esta gran empresa cultural orteguiana. Esta visita sería, en fin, el principio de algo que, incomprensiblemente, se soslaya entre nosotros: Asturias fue el principal vivero del orteguismo, pues hablamos de la tierra en que más discípulos tuvo el filósofo madrileño.

Discurso en el Campoamor

Vayamos a hora al mes de abril de 1932, cuando pronunció un importante discurso en el Campoamor: «El asturiano va derecho a las cosas. Sois un pueblo de mente clara y lúcida, pero no creáis por esto que vengo a halagaros... Todo lo contrario. Vengo a exigiros.»

Y más adelante:

«Asturias piensa bien. Pero padece desde hace muchos años un grave defecto... Asturias es inteligente, pero no es transitiva... Vive recluida en sí misma, absorta en su localismo... Eso es lo que yo considero un defecto».

«España necesita también de vuestro regionalismo... Porque tengo enorme fe en ese regionalismo asturiano... El regionalismo que hay que oponer a aquellos otros sin claridad, lastrados de arcaísmos nacionalistas. Será vuestro regionalismo, no del pasado, sino futurista... Por lo tanto, nada de trajes tradicionales, nada de folklore, nada de bable, nada de gaitas, sino una Asturias posible y mejor: una Asturias como programa del porvenir».

1932 es el año en que se aprueba el Estatuto de Cataluña. La polémica que sostuvieron Azaña y Ortega en el Parlamento debería ser consultada de continuo por los políticos y analistas que se ocupan, también hoy, del llamado problema territorial. El filósofo se mostraba en total desacuerdo con el rumbo que estaba tomando la República; y tampoco aceptó el Estatuto catalán.

Son las vísperas de la retirada de Ortega de la política y de uno de sus llamados ‘silencios’ que, en puridad, nunca fueron completamente tales. Y antes del discurso del Campoamor, en su libro ‘España Invertebrada’, consignó cosas como éstas: «Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos ‘oprimidos’ por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja hará de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan».

La cosa es complicada para quienes gustan de las simplificaciones. No está de acuerdo con los nacionalismos vasco y catalán y, sin embargo, hay en sus palabras un afán de comprensión que no se debe pasar por alto. Y, de otro lado, lo que no es menos importante: en ‘España Invertebrada’ lo que Ortega denuncia son los particularismos, que no sólo se reducen a los discursos nacionalistas, sino también a otros territorios que no tienen una visión de país, y, por si ello fuera poco, a distintos sectores sociales. Y Asturias, según la visión de Ortega, también está aquejada de particularismo.

Su discurso del Campoamor, visto desde una óptica asturiana, Ortega invitaba a esta tierra a que se incorporase en primera línea a la construcción del país, es decir, demandar que se acabase con nuestra intransitividad era un modo de decir que había que dejar atrás nuestros particularismos.

Cuando dijo que «nada de bable», frase por la que seguramente muchos se frotan las manos, no estaba arremetiendo contra el asturiano, sino que no era eso lo que entonces exigía la altura de los tiempos para que Asturias se pusiese al frente de un proyecto de país, sin particularismos y sin aceptar nunca- también hay que decirlo, un Estado federal, pues, según escribió, el Estado federal es la consecuencia de un proyecto común de una serie de territorios que nunca han estado unidos. No tendría sentido federar territorios que forman parte de una nación ya existente.

Cuando planteo que no se debe sacar como consecuencia, a causa del discurso en el Campoamor que Ortega fuese un antibablista, me refiero a un texto suyo de un libro inconcluso, ‘La Idea de Principio en Leibniz’, donde se refirió al término asturiano atopadizo en estos términos: «En suma, el Mundo como ‘resistencia’, a mí me revela el mundo como ‘asistencia’. Si fuese sólo ubmeimlich, desazonador, ‘infamiliar’, me hubiera ya ido, y el sentimiento de ‘infamiliaridad’ o desazón, no existiría si no existiese su opuesto: lo atopadizo y sazonado. Este vocablo asturiano es el único que traduce exactamente el heimilich, el gemülich alemán y el cosy inglés».

Y es muy curioso que, a propósito de Ortega y Asturias, hubiera sido un asturiano, que se declaró su discípulo predilecto, por más que tuvieran discrepancias políticas, José Gaos, quien explicó en su libro sobre el maestro el significado que para el filósofo tenía la palabra ‘nacionalizar’, cuando habló, en distintos momentos, de ‘nacionalizar’ la monarquía y también la República, es decir, hacer de nuestro país el instrumento para esa empresa común que es la nación donde todos, abandonando los particularismos, se pusiesen a la tarea de construir una España por cuyo significado se preguntaba, y no sólo retóricamente, en su primer libro, ‘Meditaciones del Quijote’.

 

Fuente

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