Este es un blog destinado a recopilar notas y artículos referidos al Nacionalismo Asturiano, su pasado, su presente y su futuro. Asturies como País. Asturies como nacionalidad histórica.
Identidad y Confederación
La solución pasa por rehacer el Estado en un sistema territorial con entidades nacionales federadas y, una vez restaurada la verdad histórica, crear sistemas educativos que nos permitan defendernos de una situación geopolítica exterior preocupante
Carlos X. Blanco
Rebelión
Las pequeñas naciones de Europa reposan sobre el polvorín de su propia ceguera, de su renovado provincialismo. Al igual que los pequeños principados alemanes de un Sacro Imperio Romano Germánico de oropel, las naciones pequeñas de Europa se han vuelto provincias de un Imperio que esconde sus emblemas. El Imperio que realmente ejerció su potestad sobre las ruinas de Europa, los Estados Unidos, aún emplea a la Unión Europea como colonia económica, que le viene a las mil maravillas para su dólar. En realidad, la gran Alemania merkeliana es un arrendamiento: Alemania ejerce su dictadura económica sobre la periferia sureña de Europa, “coloniza” financieramente a la Europa vaga y maleante, pero la Unión, como tal Unión arrendada por los E.E.U.U., los verdaderos dueños, no existe, no funciona. No se trata de unión solidaria: ni en impuestos, ni en defensa, ni en igualdad, ni en derechos ni oportunidades.
En todo este marco global, parece que el Imperio yanki en la sombra enflaquece. Un gran bloque euroasiático se adivina, con varios miles de millones de pobladores, con enormes reservas energéticas (URSS) y productivas (Capital, Trabajo: R.P. China). Formidable alianza convierte en pequeño al más grande. Otros estados emergentes (Brasil, India, Sudáfrica) y regiones ultracapitalistas (Asia del Sur) parecen augurar un declive de los Estados Unidos. Una Alemania tiránica en su conducción de la Unión Europea siempre tendrá los pies de barro si tanto su amo verdadero, Estados Unidos como su punta de lanza británica, decaen ante la emergencia de los nuevos poderes.
De la gran geopolítica hemos de bajar a la pequeña, casi doméstica, geopolítica hispana. La crisis de identidad que sufre Europa, ese “enjambre de naciones” de que hablaba Ortega, se intensifica especialmente en el Reino de España. No creo que en otros momentos pasados, ni siquiera en las oscuridades de los tiempos de Felipe IV y Carlos II, la decadencia haya sido tan grande. Debemos reflexionar con seriedad qué cosa ha sido “la Transición”. Con el curso de los acontecimientos económicos recientes, la “crisis” está revelando con toda su crudeza que “España” como símbolo, como marca, como proyecto capaz de ilusionar, es algo que hace agua por todas partes. Tiendo a pensar –cada vez más- que la palabra “Transición” escondía, nada más, que una Restauración. Una nueva Restauración Borbónica y, con ella, un aseguramiento en el poder de las viejas élites caciquiles y depredadoras.
Y es que la crisis económica de España es, en realidad, una crisis de identidad y de moralidad, es la invertebración más absoluta, el resultado natural e inexorable de una laxitud y permisividad totales por parte de esa casta depredadora y caciquil que se viene arrastrando desde el Franquismo, si es que no de antes.
La Transición no fue una “restauración de la legalidad democrática”: fue una Restauración de una Dinastía, la Borbónica que, parcialmente desalojada del Trono y de sus prebendas en 1936, debía –sin embargo- continuar con la verdadera empresa de Franco: mantener en sus tronos menores y poltronas a los pocos miles de caudillos (rentistas, latifundistas, especuladores) que seguían en Madrid y en algunas capitales provinciales con sus poderes intocados. El entramado institucional podía cambiar pero la casta depredadora y oligárquica solamente debía hacer una cosa muy simple: ampliarse. “Si no puedes eliminarlos, únete a ellos”. El viejo lema maquiavélico fue emprendido por el franquismo sociológico.
Ese franquismo sociológico ha sido objeto de burla y escarnio de una izquierda integrada y cortesana muy poco ejemplar ella misma: era fácil, a partir de 1978, hacer burla de los símbolos (yugo y flechas, nacionalcatolicismo, “conspiración judeomasónica”, etc.). Sin embargo el franquismo sociológico debería ser objeto de estudio en todo el mundo, como modelo maquiavélico perfecto mediante el cual una casta oligárquica conserva el Poder ampliando el botín y las prebendas a nuevas castas ávidas de enriquecimiento y de dominación. Toda la historia de la partitocracia y del sindicalismo oficial en la España posterior a 1978 debería verse bajo este prisma. La manera en que se improvisaron partidos políticos, a veces con dinero alemán (PSOE) en contra de los que realmente eran oposición (PCE) o se inventaron para recoger el legado franquista sociológico, es un proceso que, de analizarse en serio, podría explicar las deficiencias de democracia que siempre ha tenido este hispánico Sultanato Borbónico.
Los partidos y sindicatos han sido los grandes y verdaderos herederos del Franquismo, junto con el Rey Juan Carlos. No verlo así es no entender nada de la grave crisis identitaria de España, una España que quiso ser –pura retórica- nación de nacionalidades y regiones y que escamoteó el problema territorial y nacionalista que ella tenía, por medio de un artificio: las Autonomías. Hoy, que ya es vox populi el fracaso de estos entes, no se tiene tanto descaro de decir que las Autonomías sirven para “acercar la administración a los ciudadanos”. Ese acercamiento pudo realizarlo un Estado centralista sin dejar de serlo un ápice. Tampoco sirve a casi nadie de consuelo, especialmente para los federalistas y nacionalistas periféricos, ese comentario de que “las Autonomías suponen, en realidad, un federalismo”. No, señores de la partitocracia: las Autonomías no pueden servir a dos amos. Son un fiasco como modelo de Estado unitario –cual es el que, en realidad, poseemos- y un sucedáneo malo, malísimo, de un Estado federal o confederal.
Para empezar, su desigualdad de base. Distintas competencias, distintas velocidades, conservación de privilegios y de discriminaciones. Como asturiano, y valga a título de ejemplo, siempre me parecerá irritante que llamen “comunidad histórica” a un País Vasco cuyas tres provincias (dejando a un lado la cuestión Navarra, cuestión que difícilmente se pude dejar a un lado) nunca formaron una entidad política en la Historia. Es comunidad “histórica” aquella que más sentimiento nacionalista posee al presente, por lo visto, o lo son aquellas que en la II República tenían estatutos de autonomía, ignorando que de no haberse abortado tal república (que tenía poco o nada de federalista) el 18 de julio de 1936 quizás otras “comunidades históricas” habrían accedido a ese estatus. En fin, no se sostiene un autonomismo asimétrico. Como no se sostiene el foralismo como residuo de las guerras carlistas. Otros tuvimos –los asturianos, por ejemplo- foralismo y Junta soberana, pero al no ser carlistas en el pasado aquí nos vemos, en la España de velocidad lenta.
Para continuar, arbitrariedad en la demarcación territorial. Todavía heredamos los desaguisados de don Javier de Burgos, las mutilaciones a las provincias que se han perpetrado en España desde 1835. No puede haber un verdadero desarrollo de conciencia regional o autonómica, que no es necesariamente “anti-española”, si el pueblo ve que una raya artificial separa administrativamente a sus hermanos de al lado. El desaguisado en el Norte de España es sangrante, pues allí los concejos, las comarcas y las regiones poseen entidad histórica desde la más lejana Edad Media. La Asturies de Santillana se sumerge en una Cantabria recién inventada para la ciudad de Santander, por ejemplo. Y, a la vez, a madrileños, riojanos, murcianos, se les dota de una autonomía uniprovincial quizás para no hacer una Comunidad con verdadero carácter nacional, que sería Castilla. Pero, en cambio, el País o la Región Leonesa “tiene que” estar en Castilla quiera o no quiera. Todo esto, señores, es violar la historia. Con el objeto de perpetuarse en el Poder, las oligarquías ampliadas no tuvieron empacho en trazar líneas de frontera interior donde les pareció, sin rigor ni respeto a los pueblos y nacionalidades implicadas.
Esto lleva muy mala traza. Un país de más de seis millones de parados, un país en donde se ponen más policías que manifestantes para defender el Congreso, no es un país. Un país donde su presidente del gobierno da conferencias de prensa a través de una pantalla no es un país. Un país cuyos partidos gobernantes cobran “en B”, así como la familia real entera, y toda una casta de, aproximadamente, medio millón de sindicalistas, patronales, políticos profesionales, oenegetas y “hombres de confianza”… no es un país, es una cloaca. Se trata de una cloaca donde ha fallado especialmente el sistema educativo: no hay gente preparada, y quienes lo están huyen a otros lugares donde se les sepa valorar.
La solución –en parte- pasa por rehacer un sistema territorial nacional con estas entidades federadas: Asturies, Galicia, León, Euskal Herria, Castilla, Andalucía, Canarias y Países Catalanes. Sugiero la elaboración de consultas populares en ciertos territorios con mucha entidad propia para determinar su integración en entidades amplias (los navarros en Euskal Herria, los valencianos y baleares en los Países Catalanes…). Sugiero un federalismo interno en cada uno esos grandes espacios nacionales. Creo que el concepto, cada vez más abstracto (pero tampoco desdeñable históricamente) de “España” es el gran causante de los separatismos. Por ejemplo el separatismo dentro del Noroeste de la Península (Galicia, Asturies y León, así como Portugal Norte, se dan la espalda). Las naciones se quedan pequeñas, podemos sacar beneficios yendo juntos, pero desde luego los tradicionales entes de Poder – España, entre ellos- o se reforman de arriba abajo, dejando en el olvido monstruosidades, como la jacobina o la autonómica, o nos hundimos en la mierda. Y una vez así, restaurada la verdad histórica, crear sólidos sistemas educativos que nos permitan defendernos de una situación geopolítica exterior verdaderamente preocupante. Pero en esta nueva configuración territorial e identitaria podemos ganar en autoestima. Ahora mismo vamos en camino hacia la esclavitud.